En los Retiros de meditación que organizamos dentro del proyecto ANIMA la comida y la cena son espacios para el silencio. Así podemos disfrutar plenamente de la maravillosa experiencia sensorial que es comer. Del silencio brotan sonidos simples como los pájaros cantando en el exterior de la casa o el sonido de los cubiertos cuando tocan el plato.

En una ocasión se sirvió un postre que consistía en peras ya peladas bañadas con crema de algarroba servidas en pequeños platos y con una cuchara de postre como único cubierto con el que comerlas. Trocear con una cucharilla una pera untada de crema que se escapa y se desliza peligrosamente hacia al borde del plato es una tarea imposible por más años de meditación que tengas en tu haber.  Del silencio brotó el sonido de veinte cucharillas golpeando el plato cuando las peras se resistían a ser troceadas. Las caras de los compañeros reflejaban ese empeño en intentarlo una y otra vez sin resultado. Algunos incluso sacaban y mordían la lengua intentando ser más diestros en esa difícil tarea. El sonido de las cucharillas golpeando contra el plato era cada vez más fuerte. Alguien empezó a reír, otro se contagió y en pocos segundos se creó una magnífica oleada de risa grupal. La risa persistió durante un buen rato y rebrotó varias veces cuando parecía que ya había acabado. La risa no fue contaminada por ninguna palabra.  Era sólo risa, risa fresca, abierta, simple y sencilla surgida del sonido de 20 cucharillas golpeando contra los platos pero sin ninguna palabra.  Luego alguien empezó a comer su pera con las manos y todos le seguimos. La risa acabó y continuamos en silencio hasta el final de la comida. Sólo a partir de ese espacio que crea el silencio puede surgir una comicidad tan simple.

La característica más destacable de la experiencia meditativa es la sencillez. Cuando la consciencia fluye en el presente se desprende de cualquier artificio y queda sólo lo esencial. Se establece así un contacto directo y claro con la realidad.

Estamos tan acostumbrados a utilizar la mente pensante de forma laberíntica que creemos que las soluciones a nuestro sufrimiento requieren también métodos complicados. Despreciamos lo simple y lo consideramos menos valioso que lo complejo. Pero cuando practicamos meditación comprobamos que ese manto continuo de pensamiento redundante mantiene la consciencia turbia y sin claridad. Entonces nos damos cuenta de que la principal dificultad de la meditación es establecernos en la sencillez. Es difícil no añadir nada ni enmarañar lo que estamos percibiendo. Lo sencillo es lo extraordinario.

El maestro zen Li Pang  ilustra con una poesía esta sencillez de la experiencia interior reflejada en la cotidianidad.

 Mis actividades diarias, nada fuera de lo común,
estoy en harmonía con ellas.
Aferrando nada, descartando nada,
en ningún lugar encuentro impedimento, no hay conflicto.
Mi poder sobrenatural, mi mente maravillosa, acarrear agua y cortar madera.

La ciencia ha descubierto muchas cosas acerca de la realidad, por ejemplo, ahora sabemos que la tierra está hecha de átomos, los átomos de neutrones, protones y electrones, éstos de quarks y éstos a su vez están hechos básicamente de vacío. Sin embargo, con la experiencia directa de nuestros sentidos seguimos experimentando el suelo bajo nuestros pies como algo firme y no como un vacío. La evolución de nuestra especie ha ido pareja con la evolución del ecosistema en el que vivimos. Y esta evolución conjunta nos ha dotado de unos sentidos que nos permiten percibir, de entre el cuasi infinito conjunto de datos que conforman la realidad, aquellos que son necesarios para nuestra vida.  Nadie puede experimentar con sus sentidos el movimiento de los electrones dentro de los átomos o las ondas electromagnéticas ultravioletas. Para conocer esta realidad necesitamos de artilugios tecnológicos sofisticados y del aparato de conocimiento al que llamamos ciencia. Podemos ser perfectamente felices sin distinguir un protón de un electrón, pero tendremos serios problemas si no distinguimos el fuego del agua.

Cuando meditamos nos relacionamos con aquello que es natural. Utilizamos la palabra natural para referirnos a aquello que conocemos de forma directa a través de nuestra percepción sin utilizar ningún artefacto y reduciendo en la medida de lo posible los conceptos, abstracciones y creencias previas respecto a lo que estamos conociendo.

 Hablando desde mi experiencia personal, un día me di cuenta de que estaba buscando conocimiento y respuestas utilizando siempre conceptos explicativos basados en abstracciones, creencias e intelectualizaciones pero nunca había experimentado un verdadero contacto con elementos tan simples como el aire, la tierra, el agua o mi propio cuerpo. Un exceso de mente analítica impedía el contacto. Durante muchos años viví desconectado, siempre con un velo hecho de palabras y de conceptos entre el mundo y mi consciencia. Me llevó mucho tiempo descubrir que existe un contacto más directo con la realidad. Este tipo de contacto se caracteriza por la sencillez y la claridad.  Aún hoy en día este tipo de conexión es sólo intermitente pero muy grata y transformadora cuando se produce.

Cuando la consciencia está despejada del embrollo mental habitual aparece un tipo de comprensión súbita, directa e integradora a la que en psicología llamamos insight. Un insight es un tipo de conocimiento que experimentamos como revelado y no elaborado que contiene un significado holístico acerca de algún tema existencial. Este tipo de comprensión no aparece por acumulación de información ni por inferencia intelectual. Cuando inferimos con el intelecto se producen una cadena de pensamientos lineales uno detrás del otro que conducen a una conclusión que es el último eslabón de la cadena. El pensamiento deductivo inferencial sólo puede abarcar un pensamiento cada momento.  Los insights, por el contrario, son comprensiones súbitas que incluyen todos los elementos en un solo momento.  Los insights surgen cuando despejamos y clarificamos nuestra consciencia. Son de una sencillez apabullante. Y llevan consigo un grado de certeza que sentimos con solidez, lejos de la continua dubitación y rumiación del pensamiento intelectual. Cuando tenemos un insight experimentamos un alivio en el cuerpo, el mismo tipo de alivio que sentimos cuando, por ejemplo, encontramos las llaves del coche que habíamos perdido en casa y que hemos estado buscando durante mucho rato. Es una comprensión no solo desde la cabeza sino con todo nuestro ser.

Con la práctica de la meditación desarrollamos esta capacidad de despejar la consciencia para que queden en ella el mínimo de elementos posibles y permitir así la aparición de insights. Para ello necesitamos la actitud de un niño que explora con curiosidad y apertura lo extraordinario en lo simple. Nos acercamos a lo que es natural, desnudos de cualquier artificio conceptual, de cualquier idea, de cualquier creencia. Nos dejamos caer en la realidad inmediata. Lo inmediato está cargado de sabiduría. Menos es más.

Marc Ribé
Psicólogo humanista