En verano acudes a una fiesta nocturna en la playa con tus amigos.  La temperatura es agradablemente fresca. Bailáis juntos y todo deviene especial, mágico. Los cuerpos se mueven fluidamente y sientes una agradable sensación de expansión.  Es como si hubieras entrado en otra dimensión, como si el tiempo se hubiera concentrado en un ahora continuo o sencillamente hubiera desaparecido. Estás fluyendo contigo mismo y con todo lo que te rodea.  La mente ha dejado de criticar, analizar o resistir lo que está ocurriendo, no hay ningún miedo, solo un fluir expansivo y sensación de movimiento y energía.  Ni siquiera quieres retener la situación, la vida está vibrando en ti y en todo lo que te rodea.

Ahora imagina que al día siguiente te propones repetir la misma experiencia.  Tus amigos no pueden acompañarte y decides acudir tu solo al mismo sitio. Suena la misma música, hay la misma temperatura y es la misma hora pero en esta ocasión no conoces a nadie.  Por algún motivo que desconoces no se repiten las mismas sensaciones del día anterior. Todo parece ser distinto a pesar de ser igual. Ves a un grupo de amigos bailando y fluyendo y empiezas a pensar que realmente no sabes bailar, que tus movimientos son burdos y rígidos.  Tienes la sensación de que te están observando y de estar haciendo el ridículo. Intentas salir de este estado diciéndote a ti mismo que sí sabes bailar como lo hiciste el día anterior, pero no logras ser espontáneo por más que te empeñas en ello. Finalmente desistes con frustración y vas a dormir. En la cama te sientes pequeño y tu autoestima baja.

La ecuanimidad es la actitud de acoger la experiencia presente sin interferir en ella. El resultado de la ecuanimidad es la fluidez. En el ejemplo de la fiesta, en la segunda noche la mente del protagonista empieza a boicotear la experiencia presente. Cuestiona la experiencia, resiste, analiza en exceso, compara y enjuicia. Y el resultado es la rigidez, la sensación de estar encallado.

Ni apegarnos ni rechazar lo que estamos experimentado en el momento presente es la clave que nos lleva a la experiencia fluida. La ecuanimidad es dejar las puertas de entrada y de salida abiertas, acoger todo lo que llega a la consciencia, deponer la lucha interior.
Curiosamente dejar de manipular, reprimir o eliminar lo que estamos experimentando cambia la experiencia. No intentar cambiar lo que sentimos cambia lo que sentimos. Parece un juego de palabras pero es una realidad que podemos experimentar en la práctica.

En el ámbito de la justicia decimos que un juez es ecuánime cuando aplica la misma ley a todas las personas que juzga independientemente de sus preferencias personales. Esta imparcialidad es la clave de la justicia. ¿Y si la aplicamos a nuestra experiencia interior? , ¿y si nos damos el permiso para sentir plenamente sin distorsionar, rechazar o apegarnos a la experiencia?

Imagina que quieres agarrar un gato negro (la paz) en una habitación completamente oscura. ¿Cómo lo harías? Si lo persigues siempre se te escapa. Pero si te quedas quieto sin hacer nada, él viene a ti.  Permanecer ecuánimes es abrirnos completamente a la experiencia que llega al presente. La acogemos tal y como es, aunque sea desagradable, sin luchar.
 La ecuanimidad es dejar la lucha interior para hacer las paces con nosotros mismos

El poeta Rumi expresa con gran belleza la actitud de la ecuanimidad en el poema La casa de los huéspedes:

El ser humano es una casa de huéspedes.
Cada mañana un nuevo recién llegado.
Una alegría, una tristeza, una maldad,
cierta conciencia momentánea llega,
como un visitante inesperado.
¡Dales la bienvenida y recíbelos a todos!
Incluso si fueran una muchedumbre de lamentos,
que vacían tu casa con violencia.
Trata a cada huésped con honor.
puede estar creándote el espacio
para un nuevo deleite
Al pensamiento oscuro, a la vergüenza, a la malicia,
recíbelos en la puerta riendo
e invítalos a entrar.
Sé agradecido con quien quiera que venga
Porque cada uno ha sido enviado
como un guía del más allá.

Ni elección ni rechazo, apertura a lo que ya está aquí. Podemos y debemos influenciar en el futuro. El presente solo podemos gestionarlo. La ecuanimidad trabaja con lo que ya ha llegado, con el presente.
A menudo se confunde la ecuanimidad con una actitud pasiva o de resignación. Es una confusión habitual entre el presente y el futuro. Todos queremos mejorar nuestras condiciones de vida, mejorar nuestro bienestar y sufrir menos, es lógico y natural. Para ello planificamos acciones para realizar en el futuro. Por ejemplo, si me duele la espalda pido una cita con el osteópata para solucionar el problema. Y mientras el problema no está solucionado me tengo que relacionar de alguna manera con ese dolor en el presente. La ecuanimidad trabaja con el ahora y la planificación trabaja con el futuro. Son dos cosas diferentes. Y no están en contradicción. Mientras planifico un futuro mejor me relaciono con el presente de la mejor manera posible. Como dijo John Lennon: “La vida es lo que te ocurre mientras estás ocupado haciendo otros planes”.

La meditación es la práctica que desarrolla la ecuanimidad de forma sistemática. Esto nos permite vivir la vida de forma más fluida.