El primer acto que hacemos todos los seres humanos en la vida es inspirar y el último es espirar. Y entre estos dos actos respiraremos unos 300.000.000 de litros de aire.

Cuando inspiro la vida entra profundamente llenándome de energía y cuando espiro me suelto por completo, abandonándome. Cada ciclo respiratorio es toda una vida.  A veces tengo dificultades para dejar entrar, me cuesta tomar. Y esto se refleja en forma de obstrucción de mi inspiración. Otras veces tengo dificultades para dejar salir, me cuesta dar. Y esto se refleja en una obstrucción de mi espiración.

La respiración siempre está conmigo, a pesar de mi depresión, de mi enfado, de mi queja, de mi rebeldía, de mis dudas… la respiración sigue acompañándome. Siempre puedo fiarme de ella, nunca me abandona. Puede cambiar mi vida por completo pero el aire continuará entrando y saliendo, mostrándome que, aunque lo quisiera, no puedo aislarme del mundo, siempre estoy fluyendo entre el exterior y el interior en un intercambio continuo.
La respiración se produce en el centro del cuerpo y prestarle atención me lleva a un centro físico y también a un centro que no es físico al que podríamos llamar “el centro de mi ser”.
Es en el trayecto respiratorio dónde sentimos el placer, el dolor, las emociones… la respiración refleja todos nuestros estados mentales y emocionales. La respiración refleja nuestra vida entera.

Cuando meditamos no practicamos ninguna técnica de respiración, tan solo permitimos que la respiración recupere su ritmo natural. A esta manera natural de respirar cuando el cuerpo está tranquilo le llamamos respiración diafragmática o abdominal.
El diafragma es el músculo respirador. Cuando inspiramos el diafragma se contrae y baja, empujando el paquete intestinal hacia adelante proyectando la barriga hacia afuera mientras el pecho permanece inmóvil.  Cuando espiramos el diafragma sube y el abdomen se retrae hacia atrás. Esta es la respiración natural.

Muchas personas tienen un patrón invertido de respiración; cuando inspiran expanden la parte alta del pecho. La respiración pectoral es un patrón de respiración relacionada con el esfuerzo físico intenso, el estado de alerta, la ansiedad y el estrés. Este patrón no es adecuado para nuestras actividades cotidianas ya que supone un gasto energético innecesario y un estado de ligera hiperventilación constante.
Para recuperar el patrón natural y saludable de respiración el tronco debe estar erguido ya que si nos doblamos hacia adelante el diafragma queda obstruido.

 Cuando meditamos la salida del aire tiene que sentirse libre, sin contención. Recuerda esto: no controlamos la respiración, la liberamos. Si la entrada y salida del aire es muy rápida y la respiración no se calma durante la práctica, podemos intervenir alargando la espiración. Lo hacemos del siguiente modo: cuando el aire ya ha sido expulsado libremente y sin nuestra intervención, entonces apretamos un poco el abdomen para expulsar el volumen de aire de reserva lentamente. No intervenimos en la salida inicial del aire sino tan solo al final de la espiración. Una vez hecho esto dejamos que el aire entre libremente, nunca forzamos ni intervenimos en la entrada del aire. Inspiramos y espiramos por la nariz.

Si te es difícil sentir la respiración abdominal puedes estirarte con las piernas recogidas y las plantas de los pies en contacto con el suelo. Coloca la mano encima de tu barriga, inspira y empuja el abdomen hacia arriba. Espira y deja caer el abdomen hacia el suelo. Cuando puedas respirar con facilidad en esta posición ya puedes sentarte a meditar.

Cuando meditamos nos conectamos a la respiración que es conectarnos a la vida. Este intercambio continuo e incesante entre el interior y el exterior es un ancla al presente a la que podemos recurrir siempre que necesitemos estar en intimidad con nosotros mismos y volver a nuestro centro.

Marc Ribé
Psicólogo humanista

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