Cuenta una leyenda sueca que una joven princesa fue entregada por sus padres a un feroz dragón para que se unieran en matrimonio.
La princesa estaba aterrorizada y no sabía cómo debía comportarse con una bestia tan feroz como marido. Buscó consejo en una mujer sabia que vivía en la montaña. La anciana la tranquilizó y le dio instrucciones sobre cómo proceder cuando llegara la noche de bodas. Para que todo transcurriera sin incidentes la princesa debía prepararse vistiendo diez vestidos de novia uno encima del otro.
La boda se celebró y después del banquete el dragón se llevó la princesa a sus estancias privadas. Ya en la intimidad de la alcoba el dragón intentó precipitarse violentamente sobre la princesa pero ella logró detenerlo y hablar con él.  Siguiendo las instrucciones de la vieja sabía le dijo «Ahora eres mi marido y compañero de vida. Por favor te pido que antes de yacer juntos me permitas quitarme el vestido y te propongo que tu hagas lo mismo y te quites tus escamas». El dragón accedió. Ella se quitó el primer vestido y el dragón se sacó también su primera capa de escamas. Sintió dolor al hacerlo pero también una extraña sensación de liberación. Entonces la princesa se quitó el segundo vestido, y luego el siguiente. El dragón se despojó también también de una capa de escamas más profunda y luego de otra. Al llegar a la quinta capa se puso a llorar desconsoladamente. Pero la princesa siguió. Con cada capa más profunda de la que se despojaba, la piel del dragón se volvía más tierna. Al llegar a la décima capa se liberó del último vestigio de dragón y apareció como un joven apuesto.
Sacarse todas las capas y descubrirse como humano fue un proceso doloroso pero ahora se sentía más ligero. Miró a los ojos de la princesa y entendió que, ahora sí, los dos podían disfrutar de los placeres de la noche de bodas y de la vida en pareja.