Las emociones son útiles para relacionarnos y adaptarnos al medio en el que vivimos. No existen emociones buenas ni emociones malas aunque algunas de ellas, como el miedo, tienen “mala prensa”. Las emociones nos impiden vivir con plenitud sólo cuando las reprimimos o cuando nos quedamos colgados de ellas, esto es, cuando brillan por su ausencia o cuando están presentes en exceso.

El miedo es la emoción encargada de activarnos y prepararnos para atacar o salir corriendo (también para inhibirnos en algunos casos) ante un posible peligro. Si no existiera el miedo no habríamos sobrevivido como especie en este planeta. Como ya no vivimos en la sabana africana y nuestra integridad física no acostumbra a peligrar, ahora nuestros miedos son psicológicos, la mayoría de ellos imaginarios. Ya no tenemos miedo a que nos coma un león sino a no ser capaces, a hacer el ridículo, a que no nos quieran… Es decir, el miedo antes era una forma de proteger el cuerpo y ahora es una forma de protegerse del ego. 
Para que aparezca el miedo la mente tiene que proyectarse al futuro y anticiparse a lo que va a ocurrir. Cuando estamos bien conectados al momento presente no existe el miedo. Cabe decir que no estamos hablando en este artículo de las personas que han sufrido ataques de pánico. Estas personas a menudo arrastran en su cuerpo las desagradables sensaciones físicas de la ansiedad. Sólo quién ha padecido ataques de pánico sabe lo mucho que se sufre y la impotencia que causa el no poder gestionar los síntomas. A menudo las personas más cercanas a quienes sufren de ansiedad no entienden lo que significa vivir con síntomas físicos tan molestos e incapacitantes.

La ansiedad flotante se produce cuando ya no hay ningún peligro objetivo pero la activación del cuerpo se dispara igualmente y además se vuelve crónica. Entonces vivimos en este estado constante de alerta, de excitación y ligera hiperventilación.
La clave para gestionar el miedo es la siguiente: la activación psicofísica a la que llamamos estrés sólo se dispara después de que hayamos hecho una valoración cognitiva de la situación y la hayamos calificado como peligrosa. Es decir, para que se activen todas las respuestas biológicas automáticas de estrés en el cuerpo, previamente la mente tiene que haber interpretado la situación como peligrosa. Esta valoración mental es decisiva y diferente en cada persona. Es en este punto que tenemos margen de acción ya que esta valoración está condicionada en gran medida por los acontecimientos que nos hayan ocurrido en el pasado en situaciones parecidas, especialmente cuando éramos niños. Así pues, en el miedo hay un viaje al futuro (anticipación) y una respuesta condicionada por nuestros aprendizajes del pasado.

En la medida que logremos valorar la situación como algo fresco que está ocurriendo en el presente (en el que tengo recursos de adulto) y no proyectemos sobre ella situaciones pasadas (en las que no teníamos recursos porque éramos un niño), seremos libres de responder adecuadamente sin que se dispare la activación de estrés si no es necesaria.
El miedo está también estrechamente relacionado con el intento de control que intentamos ejercer sobre nuestra vida. En nuestras preocupaciones (que a menudo nos causan insomnio) acostumbra a haber una creencia de fondo un tanto ingenua. Es la creencia que todo lo que nos pasa en la vida depende de nosotros, que podemos controlar nuestra vida. Hay un intento absurdo de controlarlo todo que nos lleva a vivir permanentemente preocupados. Esto se traduce en una falta de entrega, de confianza en la vida, no nos dejamos llevar. Este es si duda un tema controvertido en nuestra cultura basada en el voluntarismo individual en la que se premia el intento constante de intervenir en la realidad, de luchar contra ella, de doblegar la naturaleza, de buscar siempre más y más comodidad. Pero este sería quizás el tema de otro post.

Marc Ribé
Psicólogo Humanista

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