El ego no es una realidad absoluta, es una realidad psicológica relativa. Nacemos sin ego y lo vamos construyendo poco a poco cuando somos niños.

El ego es el director de orquesta de nuestra mente consciente, el que toma las decisiones. Se encarga de procesar la gran cantidad de información que llega a la mente consciente, algo así como dirigir el tráfico en una gran rotonda a la que llegan muchos coches (información) desde muchas calles. No tengas ninguna duda que intenta hacerlo lo mejor que puede. Pero trabaja demasiado y se cansa. Necesita descansar pero no sabe como hacerlo, igual que un niño hiperactivo. Al final intenta controlarlo todo, se extralimita en sus funciones y acaba ocupando todo el espacio de consciencia. Lo que era una herramienta útil puede convertirse en una cárcel.

El ego también se encarga de la autoimagen y la identidad. La autoimagen se forma con la imagen que tenemos de nosotros mismos almacenada en la memoria y constituida principalmente a partir de cómo nos hemos sentido vistos y tratados por los demás. Pero la imagen que tenemos de nosotros mismos no es un reflejo fiel de nosotros, ni mucho menos.

Pensar es hablarnos a nosotros mismos y cuando lo hacemos vamos creando un relato, una narración que define la relación entre la realidad y nosotros. No nos relacionamos con la realidad sino con el relato que hacemos de ella. En este relato somos el personaje protagonista.

El problema surge cuando la consciencia se identifica con el personaje que nos narramos a nosotros mismos. Con esta identificación nos subyugamos al ego y a su relato. Entonces necesitamos convencernos de que somos quien creemos ser y por eso necesitamos la colaboración de los demás. En la medida en que los demás confirman nuestra idea de nosotros mismos nuestra reacción emocional es positiva y nos sentimos bien. En la medida que los demás cuestionan nuestra idea de nosotros mismos, nuestra reacción emocional es negativa y nos sentimos mal.

Esta es la tiranía del ego. Es tan solo un conjunto de ideas (el ego) pero nos condiciona enormemente. El vínculo de la conciencia con los contenidos del ego es lo que llamamos “identificación” y la fuerza de este vínculo la suministran las emociones. El ego hace referencia a la conciencia identificada con los contenidos emocionales propios de la imagen de sí.

Algunas vías espirituales hablan de matar al ego. No se lo recomendamos a nadie, sin el ego no sobreviviríamos. Con la práctica meditativa podemos darle un descanso al ego, algo muy diferente a matar o eliminar. Podemos tratar al ego con suavidad, afecto y agradecimiento… y trascenderlo. Podemos ponerlo en su sitio, permitir que sea lo que es, un instrumento a nuestro servicio.

La meditación nos permite suavizar el parloteo interno y cuando lo hacemos aparece una sensación de descanso, espacio y libertad interior.