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Lo que perdimos cuando dejamos de ser salvajes

retiro y meditacion

Cuando decimos ‘salvaje’ nos referimos a todo ser vivo que nace y vive en libertad, sujeto solo a los principios que rigen en la Naturaleza o ley natural.  En contraste, la palabra ‘civilizado’ se refiere a quién está supeditado a las leyes y normas sociales inventadas por los seres humanos.

Si estás leyendo este artículo es porque eres una persona civilizada. Y todas las personas de tu entorno también.  Es algo que no nos cuestionamos en nuestra cotidianidad. Pero hay en nosotros un anhelo de lo salvaje, un deseo, que a menudo pasa casi desapercibido, de recuperar la libertad y espontaneidad en la que los seres humanos hemos vivido durante 200.000 años. Y es que hace muy poquito que nos hemos convertido en seres civilizados. Durante la mayor parte de nuestra andadura por el planeta tierra, los seres humanos hemos vivido completamente salvajes. Miles y miles de años. Y claro, quién tuvo, retuvo, como dice el refrán. Conservamos, como no podía ser de otra manera, la llamada de lo salvaje.

El proceso civilizador es muy reciente y nos ha permitido vivir con cierta seguridad, predictibilidad y comodidad. Pero en este proceso también hemos perdido mucho. Hemos perdido el presente, la espontaneidad, el contacto con el cambio y la muerte, el sabernos parte del todo, el instinto, la intuición, la libertad, y el misterio.

Lo civilizado ha moldeado nuestra mente favoreciendo lo verbal-analítico-racional. Manejamos una cantidad de información descomunal, procesada con las limitaciones del lenguaje que divide la información en trocitos pequeños para analizarlos, compararlos y procesarlos “ad infinitum”. Es una verborrea interior constante y agotadora. La intuición ha quedado relegada a un segundo plano, como forma no válida de procesamiento de la realidad. Además, vivimos en un laberinto de normas sociales y culturales, roles, significados, leyes, pautas de conducta no escritas, “nosepuedes” y “deberías” que imposibilitan nuestra frescura y espontaneidad. Somos empujados a invertir una gran cantidad de energía en defender nuestro “yo” y en esforzarnos en proyectar una imagen que reciba la aprobación de los demás. Otro signo de civilización es la relación con el placer. Aprendemos a posponerlo una y otra vez como si fuera algo que debemos ganarnos con mucho esfuerzo, como si no estuviera disponible de forma inmediata.

Nacemos salvajes, por supuesto. La naturaleza nos trae al mundo en pelotas, sin lenguaje, sin ego y sin represión. Esto es lo natural. Hay que hacer un esfuerzo contra-natural para civilizarnos. La educación es la transformación de lo salvaje en lo civilizado. Es un proceso inevitablemente castrador en el que adquirimos muchos conocimientos y perdemos muchas habilidades. La educación consiste en gran medida en recibir una y otra vez la cantinela “esto no es adecuado” o “tú no eres adecuado” Cuando interiorizamos este mensaje desaparece la inocencia y aparecen la vergüenza y la culpa.

Ser civilizados tiene sus ventajas y nos ha permitido adaptarnos al medio, sin duda. Aceptando este hecho, podemos formularnos preguntas. Sentarnos con la vida y dialogar con ella.  ¿Podemos recuperar «lo bueno» de lo salvaje? ¿estamos obligados a escoger entre lo civilizado o lo salvaje como si fueran dos modos excluyentes?, ¿Y si fueran compatibles? ¿Y si pudiéramos pudiéramos vivir una vida más libre, plena y feliz recuperando parte de lo que hemos perdido en el proceso civilizador?
Diferentes propuestas nos acercan a lo salvaje .Y no estamos hablando de tirar nuestros teléfonos e irnos a vivir a una cueva. No va por ahí. Nombramos a continuación algunas de estas propuestas.

La meditación y el mindfulness nos permiten recuperar una mente salvaje frenando el exceso de verborrea (el lenguaje verbal es el mayor signo civilizador) y devolviéndonos a la pureza y la paz del silencio interior.
Las prácticas de movimiento libre y expresivo nos reconectan con el juego, la libertad, y la espontaneidad, propias de lo salvaje.
La espiritualidad no religiosa propone volver a sentirnos parte del todo sin la mediación de una institución civilizada. Esta unión, este religarnos al todo (religare, este era el significado original de la palabra religión) es quizás lo que más anhelamos de lo salvaje.
La permacultura, la agricultura regenerativa proponen cultivar la tierra aprendiendo e imitando a lo salvaje.
La medicina natural en sus múltiples formas pretende eliminar todo aquello que impide al cuerpo restaurar su equilibrio natural entre sus diferentes sistemas y con el medio. Es otro intento de restaurar los principios que rigen la naturaleza a nuestro favor.

En ANIMA / INNAT NATURA proponemos reconectarnos a lo salvaje sin dejar de ser civilizados. Y sabemos cómo hacerlo. Tenemos diferentes propuestas para tomar acción y recuperar la inocencia, la mente en calma, el juego, la libertad, la espontaneidad, la intuición, la experiencia espiritual y el vínculo con la Naturaleza propias de lo salvaje.