Un viaje de exploración

La autoconsciencia es la capacidad natural que tenemos los seres humanos de conocer nuestra propia existencia.
Somos y sabemos que somos; conocemos y sabemos que conocemos. Este conocimiento
de nosotros mismos nos permite experimentarnos como sujetos.  Cuando la vida pasa a ser mi vida me convierto en el agente responsable de la misma, me convierto en un individuo.
La autoconsciencia permite el surgimiento de la entidad psicológica a la que llamamos ego, y junto con el ego aparece también la capacidad de abstracción, análisis y racionamiento. El
nacimiento del ego supone una escisión entre yo y el mundo. Esta diferenciación constituye
a su vez la base de la individualidad y la pérdida del paraíso de unidad de la primera infancia en la que el bebé se experimentaba como un todo no diferenciado del mundo.
El ego se encuentra en una situación de permanente soledad ya que su naturaleza consiste precisamente en experimentarse como algo separado del resto de la realidad. Con esta sensación
de separación y el desarrollo de la capacidad de racionamiento, el ego empieza a formularse preguntas existenciales acerca de su papel en la vida.

¿Qué sentido tiene mi vida?, ¿Cuál es mi sitio en el mundo?

 No podemos delegar en otras personas las respuestas a estas preguntas.  Tampoco
podemos huir de ellas. La autoconsciencia no solo me permite reflexionar acerca
de mí mismo, también me obliga a ello. Invito al lector a hacer una pausa en la
lectura y permitir que estas preguntas resuenen en su interior.  No hace falta intentar responder las preguntas, tan solo formularlas.
La autoconsciencia no es la única manera que tenemos de experimentar la realidad. No vivimos conscientes de nosotros mismos en todo momento. Hay otros modos de cognición.
La consciencia directa es otra manera de experimentar la realidad diferente a la autoconsciencia. En el modo consciencia directa desaparece el sentido del yo, nos olvidamos de nosotros mismos y fluimos con la vida sin separación. Aparece, por ejemplo, cuando estamos enfrascados en nuestros hobbies realizando alguna tarea con total atención. Nos sumergimos completamente en lo que estamos haciendo y de alguna manera nos fusionamos con ello, nos olvidamos de nosotros mismos, el tiempo pasa muy rápido y vivimos en el presente, en la tarea o actividad del momento.

Esta consciencia directa es continua en la primera infancia, antes de la aparición del ego. Ya de adultos todos buscamos estos momentos en los que ego separado puede descansar fusionándose con otra persona, con alguna tarea que estemos realizando, con la naturaleza…
A esta energía de unión o fusión acostumbramos a llamarla amor y en ella el sentido del yo se diluye, desaparecen las preguntas y por lo tanto también la necesidad de respuestas. 

La consciencia directa tampoco es continua, sino que se alterna con la autoconsciencia. Transitamos entre la separación y la fusión; entre sumergirnos en la vida y pensar acerca de ella; entre estar dentro del río o en la orilla.  El ego aparece, se diluye, vuelve a aparecer,se vuelve a diluir…
La meditación consiste en gran medida en permitir que esta alternancia se produzca de forma equilibrada. Habitualmente la autoconsciencia tiene demasiada presencia y esto impide que el ego pueda descansar.
Hemos descrito los dos modos de experienciar el mundo como una dicotomía con la finalidad de facilitar la comprensión. La realidad es que transitamos en una gradación entre estos dos polos. Hay un término medio entre sabernos totalmente fundidos con la realidad o completamente escindidos de ella. Este punto medio consiste en experimentarnos como parte de.  
Cualquier objeto o evento del que tengamos noticia podemos entenderlo como un todo o como una parte. Por ejemplo, no tenemos ninguna duda que un árbol es una entidad individual cuando lo observamos de cerca. Tiene unos límites que lo separan del resto de la realidad circundante y tiene unas características propias. Es un todo. Pero si subimos a la cima de la montaña y vemos este mismo árbol desde lejos, entonces se convierte en parte de una entidad más grande a la que llamamos bosque. El árbol es un todo o una parte según la perspectiva desde la que lo observemos. También podríamos acercarnos más al árbol y observar con un microscopio una de sus células. Observando la célula desde cerca la experimentaríamos como una entidad individual y separada en la medida que tiene unas paredes celulares que delimitan un adentro y un afuera, tiene un núcleo propio, una carga genética propia y un movimiento propio. Pero si volvemos a ampliar el campo y la vemos en su contexto, la célula se convierte otra vez en una parte del árbol. 

Los seres humanos también nos experimentamos a nosotros mismos a veces como una individualidad y a veces parte de algo más grande que nosotros mismos. Somos individuos únicos diferenciados de la realidad y al mismo tiempo somos parte de nuestra familia,
de nuestra cultura, de la especie humana, de la vida.

Como hemos visto hasta ahora podemos distinguir tres modos de experimentarnos:
-Podemos conocernos como individuos separados del mundo (soy una gota de agua)
-Podemos conocernos como parte de algo más grande que nosotros mismos (pertenezco a la familia “gotas de agua”)
-Podemos fusionarnos en la realidad (soy el océano).

Transitar con fluidez a través de estos tres modos reduce el sufrimiento y permite vivir con más plenitud. 

Volvamos ahora a la autoconsciencia y al ego. Es el ego el que nos lleva a leer este libro (o cualquier otro) con el propósito de adquirir herramientas para el autoconocimiento, el desarrollo personal o la trascendencia. Es el ego el que se propone cambiar, aunque paradójicamente el cambio a menudo pase por una disminución de su control y poder. Es el ego quien tiene la voluntad de cambiar y es él quien empieza la exploración.

Como ya hemos dicho el ego se experimenta a sí mismo a veces como parte y a veces como individuo único. 

En la medida que somos parte de algo más grande nos sabemos condicionados por fuerzas que gobiernan nuestra vida y que siguen su propio curso no siempre acorde con nuestros planes individuales.
No sabemos cuál es la intención de la vida con nosotros, ya que este algo más grande de lo que formamos parte tiene sus propias reglas.

En tanto que somos parte de la física estamos sometidos a sus leyes y no podemos, por ejemplo, decidir que la fuerza de la gravedad deje de actuar sobre nosotros. En tanto que somos parte de la vida estamos sometidos a los condicionamientos biológicos y no podemos, por ejemplo, decidir qué estatura tenemos ni tampoco nuestra raza. No decidimos nacer ni decidiremos cuando morir. Nacemos también determinados por unas características genéticas que van a moldear toda nuestra vida en múltiples aspectos. Y tenemos que cumplir unas obligaciones biológicas como comer cada día, resguardarnos del frío o dormir cada cierto período de tiempo. En tanto que somos parte de una familia tenemos otros tantos condicionamientos. Y en tanto que parte de una cultura y una sociedad estamos sometidos también a múltiples condicionantes.

Cuando nos damos cuenta de todo lo que nos condiciona parece que tenemos poco margen de libertad y que la vida nos gobierna a su antojo. Desde este punto de vista, la opción más razonable para ser felices es sintonizarnos con la realidad y aceptar con humildad aquello que
nos condiciona en tanto que somos parte de ello. Nos entregarnos a la vida y la aceptamos tal y como es. Cuando nos sentimos parte de podemos descansar en este sentido de pertenencia.  Cuando nos sentimos parte de una pareja, una familia, una cultura, un país, la naturaleza… o cualquier otro todo podemos descansar en esta red de cuales que nos da seguridad e identidad. 
Pertenecer limita la libertad, pero ofrece seguridad y refugio.
Por otro lado, tan cierto es que nacemos condicionados como parte como lo es también que vivimos con capacidad de escoger desde nuestra subjetividad como individuos separados del resto del mundo. Tenemos un margen de decisión individual y podemos sin duda trascender algunos de nuestros condicionantes. En cierta medida podemos cambiar y decidir sobre los condicionamientos de nuestro carácter y también sobre los familiares, sociales y culturales. Podemos dejar nuestro grupo de pertenencia de nacimiento y escoger otro. Podemos incluso influir en los condicionamientos genéticos ya que las predisposiciones innatas se activan o no dependiendo de lo que hagamos con nuestra vida.

Después de invertir el tiempo y energía necesarios requeridos por la biología, todavía disponemos de un remanente para utilizarlo como individuos. En la medida que nos empoderamos de este margen de tiempo y energía sobrante nos experimentaremos como dueños de nuestra vida.
Nuestro poder como individuos es poco… y al mismo tiempo es mucho. Algunas personas se empoderan de este margen de libertad y toman las riendas de su vida. Otras personas se pasan toda la vida reaccionando a las circunstancias externas y no se experimentan como individuos con una dirección sino como sujetos pasivos de la vida.

Hay una oración sobre cuyo origen no hay acuerdo que expresa y resume de manera brillante el tema que nos ocupa.

Dios mío,

dame paciencia para aceptar aquello que no puedo cambiar

dame fuerza para cambiar aquello que sí puedo cambiar

dame sabiduría para saber la diferencia

Estas tres frases derrochan sencillez, sabiduría y gran calado filosófico. Quién así ora toma su responsabilidad vital individual y al mismo tiempo tiene la humildad de saberse parte de algo más
grande que sí mismo. Pide a las fuerzas que gobiernan el universo y la vida que le enseñen a distinguir cuál es su margen de libertad, cual es su margen de acción y decisión individual. Entregarse a la vida y al mismo tiempo tomar la propia vida sin que esto suponga una contradicción.

Somos marionetas del destino como dijo Shakespeare y al mismo tiempo somos señores de nuestra libertad.

Retomemos en este punto las preguntas existenciales universales que nos formulamos en tanto que individuos dotados de autoconsciencia. Quizás todos los seres humanos deberíamos parar de vez en cuando para formularnos preguntas existenciales, preguntas sencillas y directas, preguntas que motiven decisiones vitales, preguntas conduzcan a la acción y no a la neurosis.  A menudo nuestro día a día transcurre en un remolino constante de acontecimientos externos y necesidades inmediatas a resolver que nos impide tomar distancia de
la inmediatez y explorar el sentido de nuestra existencia.

¿Estoy en el centro de mi vida?, ¿he creado en mi vida las condiciones que
me permiten pertenecer y al mismo tiempo ser dueño de mi libertad?

Algunas personas ya están en su sitio en el mundo sin necesidad de iniciar ninguna búsqueda. Se sienten en equilibrio y en paz tal y como están.
Otras personas se sienten incómodas en el sitio en el que están. Algo en ellas les dice que ese no es su sitio en el mundo por más que todo su entorno los quiera convencer de ello. No deciden sentir esta incomodidad, ocurre que la sienten.  Estas personas necesitan iniciar un camino de búsqueda, aunque iniciarlo y seguirlo quizás no sea fácil ni cómodo. Pero la recompensa es un fruto muy sabroso: llegar a sí mismos.
Un camino de búsqueda no tiene por qué suponer necesariamente iniciar un viaje geográfico, a menudo es un viaje interior. A veces “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en cambiar los ojos.” Marcel Proust.

Una persona que siguió un camino de búsqueda fue Buddha. El Buddha histórico era un príncipe que vivía en un palacio, protegido de los peligros del mundo exterior y rodeado de todos los placeres posibles que su padre le proporcionaba. Y a pesar de tener una vida tan fácil y cómoda, se sentía incómodo. Algo en su interior le decía que no estaba en su sitio, que ese no era su camino.  Estaba en el sitio más fácil, pero era su sitio. Seguramente hubiera preferido no escucharse a sí mismo, distraerse de alguna manera, olvidarse de su voz interior y continuar
instaurado en su cómoda vida.  Pero no hubo manera de silenciar su propia esencia. 
Entonces se abrió un camino frente suyo. Necesitó recorrer un camino. Y inició un camino hacia sí mismo que no siempre fue fácil. De hecho, le fue muy difícil. Y tuvo que alejarse de algunas personas que seguramente se enfadaron o se sintieron dolidas.
Buddha no era un seguidor. Buddha no era budista. Siddhartha Gautama Buddha era un buscador de su libertad, un explorador, un investigador. Buscaba su libertad y la encontró. Y para hacerlo siguió su propio camino. Un día dejó atrás su vida de príncipe y salió a buscar respuesta a las preguntas existenciales que se plateaba. Este dejar atrás su vida de príncipe y su familia es una bella metáfora, la más bella fábula budista. Dejar atrás los condicionamientos limitantes para expandir su consciencia y explorarse como ser humano. Para ello tuvo que remar contra corriente.  La recompensa fue grande, el fruto más sabroso: llegar a sí mismo.
Lejos de la solemnidad y exotismo de un personaje como Buddha, hay otra deliciosa fábula que ilustra bellamente la búsqueda del propio sitio en el mundo: el cuento de el patito feo. Un cuento preñado de fuerza vital y significado existencial; un cuento que todos los progenitores deberían explicar a sus hijos. El cuento de el patito feo es una maravillosa y sencilla alegoría del camino hacia uno mismo que puede ser un estímulo para muchos niños y adultos que sienten que no están en su sitio.

Todos tenemos una brújula interior que nos indica el camino hacia la plenitud vital de igual manera que un árbol dispone de un sentido interior que le indica el camino hacia el Sol. Es un
sentido interno que nos dice si estamos en nuestro sitio o no. Esta brújula interna a veces pasa casi desapercibida silenciada por la costumbre o el miedo, pero siempre está latente en todo lo que hacemos.
Por más desconectados que estemos de nosotros mismos, por más perdidos que nos sintamos en el torbellino de acontecimientos de nuestra vida exterior, siempre hay un hilo que podemos recuperar para dirigirnos al fondo de nosotros mismos y conectarnos con nuestro sentido existencial.
No es con razonamientos que nos reconectamos con este hilo invisible sino con la actitud de escucha. Sólo tenemos que cambiar el parloteo interior por la escucha interior. Formularnos
preguntas y dejar que las respuestas emerjan del silencio.

Seguimos formulándonos preguntas que requieren parar unos minutos y permanecer en silencio escuchando hacia adentro, escuchándonos a nosotros mismos:

 ¿qué me llenaba de energía cuando
era un niño?, ¿qué me entusiasmaba?

En nuestra masía, en la que organizamos los retiros de meditación, a menudo presencio una escena que me causa una fuerte impresión. Una ventana de dos hojas ha quedado con una hoja abierta y la otra cerrada. Una mosca que está en el interior de la casa se dispone a salir a
través de la ventana, pero choca contra el cristal de la hoja que está cerrada.Lo intenta otra vez y vuelve a chocar.  Una y otra vez lo intenta y una y otra vez choca. Si se desplazara unos
centímetros a la izquierda encontraría el camino a la libertad y a la vida ya que la otra hoja de la ventana está completamente abierta. Pero persiste por la hoja cerrada. Al final muere exhausta de topar una y otra vez con sus propias limitaciones. Los seres humanos tenemos la capacidad de ver que la otra hoja está abierta.

Sabemos que nunca podremos liberaremos de todos los condicionamientos, pero al mismo tiempo también sabemos que podemos ser algo más que una mosca chocando una y otra vez contra el cristal del miedo y la costumbre.

La autoconsciencia nos permite formularnos preguntas motivadoras. Las preguntas son un motor que invita a explorar. Explorar nos permite encontrar una nueva dirección (o mantenernos en
la misma). Cada uno hacia su propia plenitud en este viaje que transcurre entre el nacimiento y la muerte al que llamamos vida.

En general, en mi vida ¿pienso, siento y actúo en la misma dirección?

Marc Ribé
Psicólogo humanista

Gestionar el miedo y la ansiedad

Las emociones son útiles para relacionarnos y adaptarnos al medio en el que vivimos. No existen emociones buenas ni emociones malas aunque algunas de ellas, como el miedo, tienen “mala prensa”. Las emociones nos impiden vivir con plenitud sólo cuando las reprimimos o cuando nos quedamos colgados de ellas, esto es, cuando brillan por su ausencia o cuando están presentes en exceso.

El miedo es la emoción encargada de activarnos y prepararnos para atacar o salir corriendo (también para inhibirnos en algunos casos) ante un posible peligro. Si no existiera el miedo no habríamos sobrevivido como especie en este planeta. Como ya no vivimos en la sabana africana y nuestra integridad física no acostumbra a peligrar, ahora nuestros miedos son psicológicos, la mayoría de ellos imaginarios. Ya no tenemos miedo a que nos coma un león sino a no ser capaces, a hacer el ridículo, a que no nos quieran… Es decir, el miedo antes era una forma de proteger el cuerpo y ahora es una forma de protegerse del ego. 
Para que aparezca el miedo la mente tiene que proyectarse al futuro y anticiparse a lo que va a ocurrir. Cuando estamos bien conectados al momento presente no existe el miedo. Cabe decir que no estamos hablando en este artículo de las personas que han sufrido ataques de pánico. Estas personas a menudo arrastran en su cuerpo las desagradables sensaciones físicas de la ansiedad. Sólo quién ha padecido ataques de pánico sabe lo mucho que se sufre y la impotencia que causa el no poder gestionar los síntomas. A menudo las personas más cercanas a quienes sufren de ansiedad no entienden lo que significa vivir con síntomas físicos tan molestos e incapacitantes.

La ansiedad flotante se produce cuando ya no hay ningún peligro objetivo pero la activación del cuerpo se dispara igualmente y además se vuelve crónica. Entonces vivimos en este estado constante de alerta, de excitación y ligera hiperventilación.
La clave para gestionar el miedo es la siguiente: la activación psicofísica a la que llamamos estrés sólo se dispara después de que hayamos hecho una valoración cognitiva de la situación y la hayamos calificado como peligrosa. Es decir, para que se activen todas las respuestas biológicas automáticas de estrés en el cuerpo, previamente la mente tiene que haber interpretado la situación como peligrosa. Esta valoración mental es decisiva y diferente en cada persona. Es en este punto que tenemos margen de acción ya que esta valoración está condicionada en gran medida por los acontecimientos que nos hayan ocurrido en el pasado en situaciones parecidas, especialmente cuando éramos niños. Así pues, en el miedo hay un viaje al futuro (anticipación) y una respuesta condicionada por nuestros aprendizajes del pasado.

En la medida que logremos valorar la situación como algo fresco que está ocurriendo en el presente (en el que tengo recursos de adulto) y no proyectemos sobre ella situaciones pasadas (en las que no teníamos recursos porque éramos un niño), seremos libres de responder adecuadamente sin que se dispare la activación de estrés si no es necesaria.
El miedo está también estrechamente relacionado con el intento de control que intentamos ejercer sobre nuestra vida. En nuestras preocupaciones (que a menudo nos causan insomnio) acostumbra a haber una creencia de fondo un tanto ingenua. Es la creencia que todo lo que nos pasa en la vida depende de nosotros, que podemos controlar nuestra vida. Hay un intento absurdo de controlarlo todo que nos lleva a vivir permanentemente preocupados. Esto se traduce en una falta de entrega, de confianza en la vida, no nos dejamos llevar. Este es si duda un tema controvertido en nuestra cultura basada en el voluntarismo individual en la que se premia el intento constante de intervenir en la realidad, de luchar contra ella, de doblegar la naturaleza, de buscar siempre más y más comodidad. Pero este sería quizás el tema de otro post.

Marc Ribé
Psicólogo Humanista

Gestionar la Ira y el Enfado

El monje budista y escritor Thich Nhat Hanh, en su libro “La ira,  el dominio del fuego interior” nos propone un método para gestionar la ira y el enfado que me parece práctico, sensato y adecuado. En este post os resumo los pasos a seguir.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que quién siente y manifiesta ira está sufriendo. A menudo nos olvidamos de esto. Habitualmente, cuando consideramos que alguien nos ha provocado enojo decimos o hacemos algo en respuesta para hacerle sufrir también con la esperanza de que así disminuya nuestro sufrimiento. Pero esto no acostumbra a funcionar.
¿Qué podemos hacer para salir de este círculo vicioso? Vamos a ver la propuesta de Thich Nhat Hanh.

Si eres el que está sintiendo ira:

1- Es necesario diferenciar entre sentir y reaccionar al sentir. Vamos a trabajar con el sentir en nuestro espacio interior sin reaccionar en el mundo exterior. Lo más saludable es permitirnos sentir la ira.  En ningún caso intentamos reprimirla o rechazarla. 
En este primer momento nos permitimos sentir y reconocemos lo que está pasando, reconocemos la presencia de la ira en nuestro interior.

2- Si mi casa está ardiendo, lo más urgente es volver ella e intentar apagar el fuego en vez de echar a correr detrás del que creo que la ha incendiado. Si lo hago, mi casa se quemará mientras me dedico a intentar atrapar a quién creo que la ha provocado. Cuando estés enfadado y lleno de ira no digas ni hagas nada, porque cualquier cosa que digas o hagas empeorará más la situación. Lo más adecuado es volver a ti mismo y cuidar de tu enojo. Cuando alguien te haga sufrir, regresa a ti mismo y cuida de tu sufrimiento. No vayas hacia afuera, ve hacia adentro.

3-Muchas veces lo más útil es separarte físicamente de la persona sobre la que estás proyectando tu ataque de ira. Hay que tener en cuenta que la ira tiene una energía muy potente que permanece activa durante unas cuantas horas. No vuelvas a verte con esa persona hasta que tu enfado se haya ido por completo. Puede que necesites que pasen 48 horas. Así pues, date cuenta que cuando la ira ya te ha poseído, la única manera de no empeorar la situación es separarte de la persona perceptora de tu enfado.

4- La ira es una zona de energía y lo mejor que podemos  para gestionarla es generar otra zona de energía que la abrace y la cuide. Y lo hacemos con la energía de la consciencia. La energía de la consciencia cuida a la energía de la ira: “querida ira, se que estás ahí, me estoy ocupando de ti”. No es el bueno luchando contra el malo, es una energía cuidando de la otra. La ira es un bebé que berrea, sufre y llora. Tu eres la madre del bebé. Acunar y abrazar al bebé es lo que lo va a calmar. No reprimimos ni combatimos. Reconocemos, abrazamos y tranquilizamos. No luchamos dentro nuestro creando un bando bueno y un bando malo.
Entrar en contacto con nuestra respiración nos va a ayudar en este paso. Sentimos el aire entrando y saliendo y permanecemos con la atención en las sensaciones del cuerpo. Aunque sean desagradables, permanecemos en contacto con las sensaciones hasta que la respiración empiece a calmarse de manera natural.” Inspirando veo la ira actuando, espirando voy a cuidar de ella”.

5- Muy a menudo la consciencia nos permitirá ver que quizás la ira ha surgido debido a alguna percepción errónea en nuestra recepción de los mensajes de los demás. De hecho, el causante de nuestro sufrimiento es la ira que hay en nosotros. La otra persona es sólo una causa secundaria. La mayor parte de las veces la ira nace de una percepción errónea que alimenta la semilla de ira que hay en nosotros. Creíamos que la otra persona deseaba hacernos sufrir y herirnos pero no era así. Así pues, aunque creamos que estamos seguros que nos querían hacer sufrir, tenemos que comprobarlo de nuevo, tenemos que poner en duda nuestra recepción del mensaje. Cuando la comprensión está presente, la ira desaparece por sí sola. Cuando entendemos la situación de la otra persona, la cólera desaparece.

6- Aprendiendo a gestionar la ira aprendemos a cuidar al niño herido que hay en nuestro interior.Mi querido niño herido, estoy aquí por ti, listo para escucharte. Por favor, cuéntame tu sufrimiento, muéstrame todo tu dolor. Estoy aquí, escuchándote”.  Cada día podemos visitar un rato a nuestro niño. Todos tenemos este niño herido el interior reclamando nuestra atención. Un niño que cuando no tenía recursos fue agredido, o no fue amado como necesitaba, o se sintió terriblemente solo… Si no le prestamos atención puede manifestarse en forma de ataques de ira. Así pues, volvemos a él un rato cada día, nos hacemos conscientes de él y lo cuidamos.

7- Para gestionar la ira, también cambiamos  nuestra relación con las personas que habitualmente sufren nuestro enfado como nuestros hijos, padres o pareja. Cuando sufras, cuéntale a tu ser amado que estás sufriendo. “Cariño, estoy enojado. Estoy sufriendo y necesito que lo sepas”. La única condición es decírselo con serenidad y de una manera afectuosa. Hazlo lo antes posible, sin ocultar más de 24 horas la ira o el sufrimiento que sientes. Pero si el plazo de tiempo está a punto de terminar y aún no te has calmado, escribe lo que sientes. Redacta una «nota de paz», un mensaje de paz. Dale la carta y asegúrate de que la reciba antes de que hayan transcurrido 24 horas. Es algo muy importante. Si te comprometes a cambiar las cosas, puedes ir más lejos todavía, añadir otra frase cuando des a conocer a la otra persona que estás sufriendo y decir: “Estoy haciendo todo lo que puedo”, lo cual significa que te contienes para no actuar. La tercera frase sigue a las anteriores de forma natural: Por favor, ayúdame, necesito tu ayuda”.

8- Aunque estés lleno de ira el sol acabará por salir, sabes que tienes capacidad de amar aunque en este momento no esté presente.

Si estás recibiendo la ira de otra persona

La ira es una emoción cargada de energía que se dirige hacia afuera. La ira tiene forma de queja y culpa al otro del propio sufrimiento. No es agradable recibirla. Si eres capaz de escuchar compasivamente en silencio a una persona que está llena de ira durante una hora, aliviarás mucho su sufrimiento. Escucha con el único objetivo de que sufra menos. Aunque te esté atacando verbalmente no reaccionas a su ira con tu ira;  aunque esté equivocado no le corriges. Sólo puedes actuar así si te sientes suficientemente protegido con tu compasión. Este punto es muy importante. En ningún caso finjas que estás escuchando con compasión si no lo estás haciendo realmente. Si vas a perder la calma y la serenidad, sepárate. Para ser compasivo puedes tomar consciencia que la persona que siente la ira también está sufriendo, no sólo tu. No la interrumpas para corregirla aunque sepas que está equivocada. Si tienes algo que corregir porque tu interlocutor cargado de ira hizo apreciaciones sobre ti con son incorrectas, hazlo pasados unos días.
Si no puedes escuchar con compasión,  sepárate físicamente de esa persona durante un tiempo. Es preferible que quién está sintiendo la ira o tu mism@ se vaya a otro sitio. La ira «hierve» durante un tiempo y luego se va tal como ha venido. Hasta que la ira no se haya ido no volváis a encontraros.

Esta es la propuesta de Thich Nhat Hanh. Personalmente yo recomendaría a las personas que tienen la rabia como una emoción recurrente que hace sufrir a sus seres queridos y a ellas mismas que iniciasen un proceso de psicoterapia.

Marc Ribé
Psicólogo Humanista

5 cosas que deberíamos saber sobre las emociones

1-La investigación científica en neurociencia de última generación describe siete circuitos neuronales que se corresponden con siete sistemas emocionales instintivos en nuestro cerebro: 

Búsqueda (curiosidad) 
Ira (enfado)
Miedo (ansiedad)
Cuidado (ternura, empatía)
Sexualidad (deseo)
Angustia de perdida social (tristeza, soledad)
Juego (alegría, risa).

2-Los sistemas emocionales primarios están en la base de todo lo que hacemos en la vida. Por supuesto, también desarrollamos otras emociones que tienen que ver con el aprendizaje y los procesos reflexivos y que matizan a las emociones primarias pero éstas están siempre en la base de nuestra conducta.

3-Los sistemas emocionales primarios no son una especificidad humana sino que los compartimos con todos los mamíferos. Esta constatación tiene implicaciones éticas importantes que nos son el objeto de este artículo.

4-No hay emociones “buenas” y emociones “malas”. Sí hay unas emociones que consideramos agradables y otras que consideramos desagradables. Ambas son instrumentos útiles de adaptación al entorno con las que nacemos y vivimos toda nuestra vida.

5-Las emociones tienen un componente mental (pensamientos ), un componente sensitivo (sensaciones en nuestro cuerpo) y un componente energético (más o menos capacidad de movilización). La eficaz gestión emocional implica trabajar en los tres componentes. 

 

¿El ego, enemigo o aliado?

El ego no es una realidad absoluta, es una realidad psicológica relativa. Nacemos sin ego y lo vamos construyendo poco a poco cuando somos niños.
El ego es el director de orquesta de nuestra mente consciente, el que toma las decisiones. Se encarga de procesar la gran cantidad de información que llega a la mente consciente, algo así como dirigir el tráfico en una gran rotonda a la que llegan muchos coches (información) desde muchas calles. No tengas ninguna duda que intenta hacerlo lo mejor que puede. Pero trabaja demasiado y se cansa. Necesita descansar pero no sabe como hacerlo, igual que un niño hiperactivo. Al final intenta controlarlo todo, se extralimita en sus funciones y acaba ocupando todo el espacio de consciencia. Lo que era una herramienta útil puede convertirse en una cárcel.
El ego también se encarga de la autoimagen. Esta se forma con la imagen que tenemos de nosotros mismos almacenada en la memoria y constituida principalmente a partir de cómo nos hemos sentido vistos y tratados por los demás. Pero la imagen que nos hacemos de nosotros mismos no es un reflejo fiel de nosotros, ni mucho menos.
Pensar es hablarnos a nosotros mismos y cuando lo hacemos vamos creando un relato, una narración que situamos entre la realidad y nosotros. No nos relacionamos con la realidad sino con el relato que hacemos de ella. En este relato somos el personaje protagonista. El problema surge   cuando la consciencia se identifica con el personaje que nos narramos a nosotros mismos y se produce una situación en la que las emociones se ponen al servicio del personaje con el que nos hemos identificado, el ego. Con esta identificación nos subyugamos al ego, de “su ensueño de sí mismo”, pasamos a depender de lo que soñamos. Entonces necesitamos convencernos de que somos quien creemos ser y por eso necesitamos la colaboración de los demás. En la medida en que los demás confirman nuestra idea de nosotros mismos nuestra reacción emocional es positiva y nos sentimos bien. En la medida que los demás cuestionan nuestra idea de nosotros mismos, nuestra reacción emocional es negativa y nos sentimos mal. Esta es la tiranía del ego. Es tan solo un conjunto de ideas (el ego) pero nos condiciona enormemente.
El vínculo de la conciencia con los contenidos del ego es lo que llamamos “identificación” y la fuerza de este vínculo la suministran las emociones. El ego hace referencia a la conciencia identificada con los contenidos emocionales propios de la imagen de sí. La observación meditativa en la que la conciencia puede percibir la imagen mental como algo distinto de la reacción emocional que suscita es la única maniobra que libera a la conciencia de la servidumbre de la emoción. Así trabajamos con el ego en la meditación.

Algunas vías de desarrollo personal hablan de matar o destruir al ego. Personalmente no se lo recomiendo a nadie, sin el ego no sobreviviríamos. Con la meditación trascendemos el ego. Trascender significa “ir más allá de”, algo muy diferente a destruir. Podemos tratar al ego con suavidad y afecto… y trascenderlo. Podemos ponerlo en su sitio, permitir que sea lo que es, un instrumento a nuestro servicio. Somos mucho más que nuestro ego. Cuando experimentamos esto en nuestra práctica de meditación, aparece una sensación de espacio y libertad interior.

Marc Ribé